martes, abril 25

Gente

¡Que no haya gente, que a nadie quiero ver! Sus ojos se clavan en mi cuerpo como agudas espinas y me hacen daño.
¡Que no venga gente, que no venga! No quiero que me den de latigasos con sus moralistas palabras y sus lecciones de vida.
¡Que se vaya la gente, que me dejen sola! Hacen que me duela la vida y me pese la existencia. Me apuntan con sus dedos como flechas de cazadores a su presa y hacen que caiga al suelo malherida en el alma, porque simplemente no soy y no puedo ser parte de ellos.

domingo, abril 23

Sólo cuando el tiempo pase

El río, de cambiantes aguas y un mismo camino, ya no es el que solía ser. Ya no atraviesa la ciudad impulsándola al buen porvenir; ahora pasa tímido, oscuro y espeso, sediento del pasado. Los puentes no lo acompañan en mística unión de lo humano y lo real, sólo lo pisotean para dejar pasar las nuevas e indiferentes vidas modernas.
Hoy a nadie le importa. Pero en cuanto el tiempo pase y comience a agrietarse su piel, cuando en sus rostros crucen surcos secos y profundos, y en sus manos queden únicamente rastros de sal, sólo entonces se darán cuenta de todo lo que dejaron pasar inadvertido.

viernes, abril 21

La Loca Cousiño IV

Mentes convexas arrancan de la realidad, prevalecen ante la razón y se ocultan tras de sí. Algunos seres ilusos reducen sus vidas a sus propios mundos, cerrados en sus cóncavas cunas de sueños. Otros desvarían y se confunden, abandonan sus lunas hechas de queso y pierden la razón de su propia locura.


- “Inés, soy Inés. Soy Blanche, soy quien el espejo desea en que me transforme”

- “Soy Carlos. Mi ángel ya no es ángel si puedo alcanzarlo”

- “Soy Inés. Soy espiga, soy trigo. Represento vida en el escenario de los campos”

-“Carlos, soy Carlos. Y los ángeles no son tales si es que no están en los cielos, bajo ellos se vuelven terrenales y el alma animal del hombre puede hacerles daño”.


El invierno se ha apoderado de Santiago y expande sus grises brazos sobre la casa de “la loca Cousiño”.
Frágil, delicada de salud, ella se mueve por las habitaciones algo cansada. El tocador parece no querer ser su cómplice desde que la sombra amiga de la palmera desapareció. Todo está distinto, el brillo de sus ojos ha desaparecido. Por primera vez en su vida experimenta la desolación. El médico dice que tiene un resfrío severo que merece cuidado, reposo que ella no se esmera en guardar. Tiene cosas que hacer, no hay tiempo que perder. Sus interpretaciones frente al espejo han desmejorado y debe esforzarse más.
Se sienta frente al tocador y pellizca sus mejillas para que su amigo, don Emilio Lavaud, no la encuentre tan pálida al llegar a visitarla.
Tocan a la puerta con fuerza. “Puños jóvenes “- piensa. Resuenan los golpes con insistencia.
- “¡Pero, don Emilio, ya voy!
Se apresura en bajar las escaleras, lo que su cuerpo le permite. Parece que su amigo se aburre de esperar. Pellizca una vez más sus mejillas y abre.

La puerta está abierta. Don Emilio se extraña de la imprudencia de doña Inés. Entra, llamando a su loca amiga por el nombre. Podría ser una broma, a veces juega como niña a esconderse. Entonces la encuentra, finalmente la encuentra, colgada de lo alto de la escalera. Abajo en el piso una nota reza:

- “Soy Carlos, he venido a salvarte, mi ángel, de este inmundo mundo. Perteneces a las alturas, allá debes estar. Los ángeles no lo son si es que no están en el cielo. Te amo.”


-Fin-

miércoles, abril 19

La Loca Cousiño III

El placer suele ser poético en los ojos obsesionados de un enceguecido hombre. Atracción patológica, amor al polvo y a todo aquello que se desmorona. El deseo sólo se subyuga ante la imagen de quien se admira, de quien ha sido colocado en un pedestal y no se puede tocar... imagen divina de un ser terrenal.

Se transforma en sombras, se oculta y desliza silenciosamente. Es casi una partícula del aire, una porción de tierra, parte de las sombras que produce la palmera. Desde abajo, desde el suelo, escucha los diálogos inconclusos de la mujer que idolatra y las noches insomnes sobre el cemento frío obtienen su recompensa cuando la ve desplegar sus cualidades y calidad de actriz.
Jamás había pasado por su mente siquiera el pronunciar su nombre, menos tocar su hombro y decirle unas palabras pocas.
El teatro era una de sus pasiones, junto con la arquitectura de las antiguas casas de Santiago Centro y ella... ella era parte de sus dos pasiones. Al verla aquel día radiante de felicidad, caminando como una jovencita por las huellas del pasado de la calle Compañía, no pudo evitar pronunciar las iniciales de su nombre a medida que la seguía y cerrar los ojos para soñarla. Al verla completamente perdida, no esquivó la tentación de ir a hablarle y ayudarla a encontrar el camino de regreso
-”Porque… “- se repetía en voz alta- “¿Qué es de los ángeles sin el paraíso? ¿Qué será de ella sin su paraíso desprovisto de balcones?”
Tenía que ayudarla, mas nunca imaginó que esto elevaría a su consciente el más escondido de sus placeres: el hacerla suya. Todo por una taza de té, líquido teñido de sepia, que lo obligó a verla como una vulgar y simplona mujer de esta tierra. Odió esa taza de té como nunca odió nada en su sombría vida, debió arrojar ese sucio elemento y arrancar lejos, reprochándose a viva voz todo lo pensado e imaginado.
- “¡Dios te castigará por esto! Has desvestido a tu ángel y la has manchado de impurezas. ¡Maldito gusano, te rindes ante los cochinos placeres humanos. Recuerda la primera vez que la viste, recuerda cómo la ovacionaste”.
Tenía alrededor de 18 años cuando la vio por vez primera. Había acompañado a su madre a ver una obra que se hacía por beneficencia. Usualmente no asistía ese tipo de representaciones por la baja calidad de sus actores y lo vago de las temáticas, pero ese día lo había hecho por “amor al arte”. En esa oportunidad quedó prendado del amor que irradiaba por el teatro, se enamoró de su insignificante caracterización.
Dos años más tarde la vio por segunda vez y de ahí en adelante no pudo para de buscarla, seguirla y admirarla en silencio. Estudiaba arquitectura y junto a tres de sus compañeros había ido ver la casa de las tías solteronas de uno de ellos, Juan Pedro Iturriaga. La casa era enorme para ambas señoras, pero aun así, se mantenía inmaculada por dentro y por fuera. Aparte de lo singular de la casa, no esa la que más llamó su atención, sino aquella que sin balcón se levantaba frente a la de las señoras Iturriaga. Esa casa tenía algo mágico, una especie de música hipnotizante. Siempre había gozado viendo ruinas y con frecuencia, lo que más llamaba su atención en esos barrios eran las casas a más mal traer. Pero ésta, ésta además la tenía a ella. Pudo verla en uno usuales ensayos frente al tocador, lánguida, casi etérea, vociferando con voz ronca de empedernida fumadora.
Días después regresó a Adriana Cousiño sólo para verla. Se dispuso detrás de la joven y delgada palmera que miraba justo a su puerta. El número 352, la casa de desteñido color amarillo, el hogar de la “loca Cousiño”. Una vecina se acercó de mal modo y dijo:
- “¿Qué miras ahí chiquillo? ¿No sabes que ahí vive la loca sinvergüenza de la Inés? Llegó cual huasa del sur y se casó con don Claudio Errázuriz sólo para quedarse con la plata y la casa. De otro modo no tendría donde caerse, la actriz de quinta esa.”
Las despectivas palabras de la señora no lograron otra cosa que interesarlo más en ella. Dedicó su tiempo a regresar una vez tras otra, se quedaba tras la palmera mirando, comiendo de vez en cuando unos pocos chocolates o maníes confitados. Su rendimiento y concentración decayeron considerablemente, teniendo que retirarse de la carrera un año y medio más tarde. Entonces contó con más tiempo para dedicarlo a descubrir más sobre ella. Por ese entonces, ya comenzaba a ser conocida como “la loca Cousiño”, debido a que no se asomaba a la calle a menos que fuese para ir a audicionar a algún teatrillo o para practicar frente a una flácida palmera argumentos de los que muy luego se olvidaría.
Ella se había obsesionado con el teatro tanto como él lo había hecho por ella. Cada día que pasaba, ella se volvía más parte de la casa y él, parte de las sombras que dejaba la palmera durante el día.
Él nunca dejó de verla en las alturas, literalmente se hizo inalcanzable. Las noches comenzaron a cobrar largas horas bajo la palmera, antes de dejarlo partir a su hogar para por fin descansar.
- “¡Carlos, por amor a Dios, baja a tierra! No comes, no duermes, ¡si estás hecho un ánima! Hijo, me preocupas”.
Su madre lo esperaba hasta altas horas de la noche, lloraba a sus pies y suplicaba, mas él cayó en un profundo trance del cual no parece querer despertar.
Durante el día se moviliza oculto entre las sombras, un delgado hombre de nariz puntiaguda y ojos saltones, que siempre viste negro.
En los cerca de treinta años de incongruencia, nunca tuvo motivación propia ni para comer. Toda su vida funcionó según lo que ella hacía hasta ese día, ese día en que se decidió a hablar y arrojar la taza de té.
Hoy su ángel se desvirtúa y comienza a bajar a tierra. Él despierta a su instinto animal, la desea en cuanto a cuerpo. Ya la tuvo por largo tiempo en cuanto a alma, en tanto ser celestial que no goza de sexo.

miércoles, abril 12

Vacío

Hoy me siento vacía, y me duele el eco que este vacío produce aquí dentro. El aire que respiro se hace poco para llenar tan gran espacio y semejante falta de oxígeno sólo me hunde y me hunde... no sé si quiero levantarme.